Mostrando entradas con la etiqueta Lecturas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lecturas. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de octubre de 2008

El Hacedor

BORGES Y YO
Al otro, A Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografia del siglo xviii, las etimologias, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas paginas válidas, pero esas paginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por to demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser pledra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mi (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologias del arrabal a los juegos con el tiempo y con to infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Asi mi vida es una fuga y todo to pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.

Jorge Luis Borges

Último Round

MENSAJES RECURRENTES

La tercera vez que al encender un cigarrillo abrió al revés la caja de fósforos y éstos se desparramaron por el suelo con el minucioso desorden que caracteriza a tan útiles objetos en esas circunstancias, Polanco comprendió que algo grave le pasaba y que haría bien en consultar al psicoanalista...Lo detuvo la sospecha apenas defendible de que ese gesto inconsciente encubriera una voluntad de mensaje, una escritura incapaz de valerse de los medios colectivos de expresión.Por eso, la cuarta vez que abrió al revés la caja de fósforos, y pasado el primer momento de malestar y casi de horror, Polanco se decidió a examinar con cuidado los fósforos caídos en el suelo del café «Las Torcazas».Sin buscar engañarse o más bien tendiendo a la desconfianza, reconoció sin embargo que dieciocho de los cincuenta y nueve fósforos emanados de la caja componían con manifiesto desaliño la palabra Manolita.Había además el comienzo o el final de otra palabra, a cargo de veinte fósforos, pero era difícil decidirse entre espera y franela; para peor los clientes del café no habían tardado en amontonarse en torno a las criptografías y se herniaban de risa o pretexto de que Polanco tardaba en recoger los fósforos y parecía como dormido.En realidad Polanco estaba al borde del desmayo, porque aunque no conocía a ninguna Manolita, cinco años atrás en Carrasco había jugado en la playa con una uruguayita rubia que se llamaba Lita, y hasta había pensado en pedir su mano, idea que le duró lo que dura un lirio; ahora de golpe todo reaparecía fosforescentemente, si cabe la figura: Lita, la mano de Lita, la alusión a los juegos acuáticos resumidos más bien estúpidamente en la palabra olita, de donde Manolita y también, evidentemente, franela, porque de eso había habido bastante, e incluso espera, largas esperas de noche en las esquinas por donde ella vivía entre pinares, antes de que les pasara esa frecuente pero siempre disimulada cosa que llaman incompatibilidad, con el subsiguiente púllman de vuelta a Montevideo y vapor de la carrera.—Rejuntá lo fofo, crosta— le decían los muchachos que en el fondo apreciaban a Polanco.«Yo ahora tendría que viajar a Carrasco» , pensaba Polanco, lúgubre.
Julio Cortázar